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[Luhuna Carvalho] El hombre menos cínico del mundo

Por: Luhuna Carvalho

Ante la muerte de Ben Morea, mi primer impulso fue relatar su leyenda: una sucesión cinematográfica, casi inverosímil, de aventuras; una contrahistoria de la América de posguerra; una larga oda al espíritu indomable de ciertas almas. El primer borrador de este texto intentó esa canción, escrita de memoria, un arrebato eufórico que exigiría del lector una respuesta emocional a la altura. Me detuve a la mitad; la elegía que el momento merecía pedía otra cosa, algo que no quedara enteramente eclipsado por su propio relato.

Conocí a Ben en 2010, durante un año que pasé trabajando en Nueva York. Había leído el libro de Osha Neumann sobre los Motherfuckers —que termina con la desaparición de Ben en las montañas de Colorado— y pregunté por ahí si alguien sabía algo de él. Con el tiempo, un amigo me contó que había regresado a Nueva York algunos años antes y que había retomado el contacto con parte del entorno anarquista de la ciudad.

En una reunión de Red Channels —el colectivo que dirigía ese amigo—, alguien reveló que habían encontrado, en los archivos de la Fundación Andy Warhol, la obra de teatro perdida de Valerie Solanas, supuestamente la raíz del conflicto que la llevó a dispararle a Warhol. Cuenta la leyenda que Solanas, amiga íntima de Ben, le había prometido que él sería el último hombre en ser ejecutado en la inminente revolución feminista. En su honor, organizamos una lectura completa de la obra frente al lugar donde alguna vez estuvo la Factory de Warhol, e invitamos a Ben.

La editorial española La Felguera había publicado recientemente una antología de Black Mask, la revista de Ben de los años sesenta, y pensé que Edições Antipáticas, nuestra pequeña editorial, podría hacer lo mismo. Me presenté, le conté el plan y le propuse una gira por Portugal y España, organizada junto a La Felguera y la Feria del Libro Anarquista de Barcelona. Ben aceptó de inmediato: «Si me dices que puedo ir y volver con el mismo billete de cinco dólares en el bolsillo, me apunto.» Durante los meses siguientes lo visité varias veces en su pequeño apartamento en Hell’s Kitchen, que también funcionaba como galería. Ben se ganaba la vida modestamente comprando objetos de arte en distintos mercados de Nueva York y revendiéndolos a sus contactos en el mundo del arte. Le encantaba recibir a gente joven, que escuchaba boquiabierta las historias que él contaba una y otra vez.

De vuelta en Lisboa, organizamos incontables cenas benéficas en el RDA69 para financiar el viaje. Cuando Ben aterrizó, lo esperaba una cena en el centro social. Se emocionó: dijo que era la primera vez que volvía a encontrar el mismo ambiente que tan familiar le había resultado en el Lower East Side. Pasamos las dos semanas siguientes viajando —muchas horas al volante, otras simplemente vagando—, llenas de conversación pero sobre todo de esos silencios cómplices en los que las amistades toman forma. Esa amistad duró hasta su muerte, pese a la distancia y a los largos intervalos entre nuestros encuentros. Recuerdo la última vez que lo vi, exactamente un año antes de que muriera, en Nuevo México: los dos en silencio, recostados contra un coche mientras uno de sus nietos adoptivos jugaba con una pistola de plástico rodeado de caballos y desierto. Un día le dije que había tenido una vida más interesante que la de cualquiera de nosotros, y él respondió que sí, pero que nosotros éramos más inteligentes. No creo que sea verdad, pero ese intercambio consolidó lo que había de familiar en nuestra relación: algo nacido de ese amor «partisano» entre personas que no comparten un tiempo, un origen, un idioma ni la sangre, pero que comparten una certeza intensa e inefable sobre la que han construido una manera de vivir. Eso era lo que el «amor armado» de Ben significaba verdaderamente.

La historia de los Motherfuckers es relativamente conocida. Una banda de forajidos, artistas y revolucionarios que sembraron el caos en Nueva York durante la segunda mitad de los años sesenta. Su auténtico espíritu de forajidos, su ethos proto-punk y su presencia territorial los distinguían de una multitud de grupos similares. Los Motherfuckersmantenían a decenas de personas con dinero recaudado de los negocios locales, luchaban por el control del barrio contra el Estado y la mafia, y practicaban un dadaísmo armado. Los huérfanos de una América traumatizada por su propia brutalidad descendían sobre la ciudad en busca de la revolución acuariana y se transformaban en hombres lobo sedientos de venganza.

Los teóricos militantes pasarían las décadas siguientes intentando articular lo que allí se estaba ensayando. La ontología política que subyacía a los Motherfuckers era simple: la totalización de las relaciones sociales capitalistas favorece la proliferación de prácticas secesionistas. El choque entre la civilización del capital y estas formas de vida es un juego de suma cero. Estas formas están compuestas de relaciones. ¿De qué son capaces esas relaciones? ¿Están mediadas por el dinero, la ideología y el Estado, o por su disolución a través de una afinidad espiritual hecha de cuidado y antagonismo?

Lo que queda del liderazgo carismático de Ben, para bien o para mal, es su intransigencia. Todo enfrentamiento debía llevarse a su máxima intensidad, porque era ahí donde el antagonismo podía convertirse en una condición espiritual. En la teatralidad y el exceso del uso de la violencia por parte de los Motherfuckers existe una indecisión entre la pantomima y la aspiración a que esta se vuelva mítica, primordial y cosmogónica; pero a diferencia de lo que ocurre en otros casos, este poder insurreccional no degeneró en lucha armada clandestina. Encontró una vía de escape en las ruinas de la expansión americana. Cuando el enfrentamiento con la policía y la mafia se volvió insostenible, los Motherfuckers iniciaron su éxodo hacia Nuevo México, escenario de disputas territoriales entre el gobierno federal y las tribus nativas locales. La disolución del grupo en bandidaje de desesperados y facciones rivales —el infame «síndrome Pancho Villa»— señala el límite de una ontología pura de la guerra civil: más allá de la metrópolis, corre el riesgo de degenerar en mera autofagia.

Pero fue en medio de ese derrumbe donde Ben se liberó del papel de líder carismático. ¿Qué les queda a los revolucionarios cuando la certeza de una revolución inminente se desmorona? ¿El racket narcisista? ¿La gestión de un legado residual? ¿La renovación generacional incesante del entorno? Ben Morea podría haber muerto mártir o sobrevivido como icono, pero eligió desaparecer. Pasó cinco años a caballo junto a su compañera Joan, recorriendo montañas y bosques, cazando y recolectando, acercándose a las comunidades nativas, que lo adoptaron e iniciaron. Se instaló en la frontera entre Colorado y Nuevo México y pasó las décadas siguientes conduciendo rituales y ceremonias por todo el país, adoptando a decenas de niños perdidos, algunos por unos meses, otros por décadas.

Hay una continuidad tangible entre estos momentos. La cultura psicodélica se vuelve ceremonial; el cuidado insurreccional se vuelve comunitario. Pero hay algo menos evidente que persiste en esta transformación de líder revolucionario a líder espiritual. A Ben no le gustarían los términos que elijo para describirlo, pero los usaré porque emplear otras palabras para hablar de lo que él hablaba es el homenaje más honesto que puedo rendirle. Entre su «familia» del Lower East Side y su familia en el suroeste americano pervive una antropología comunista, por frágil, efímera o situada que sea. No nos es accesible como tal. Ninguna de estas formas es repetible ni apropiable, pero en ellas permanece la intuición de una posible autonomía de la pregunta comunista (y anarquista) respecto a la crisis de las subjetividades revolucionarias. Cuando la revolución termina —ganada o perdida— el revolucionario que desea permanecer fiel a su ética debe encontrar otra manera de renovar su compromiso y su testimonio, so pena de ser devorado por sus fantasmas o poseído por sus demonios.

Por eso el regreso vacilante de Ben es tan singular. No volvió para iluminar a los desconcertados revolucionarios del siglo XXI ni para reclamar los dividendos del pasado. Al contrario, volvió para ofrecer el testimonio de algo que hoy parece imposible: la posibilidad de una vida buena. No hay nada hagiográfico en esta afirmación. Quien lo conoció sabe lo caprichoso, irascible y egocéntrico que podía ser, pero no había en ese hombre ni un ápice de cinismo, incredulidad o resentimiento. Ben era un antídoto contra nuestra enfermedad contemporánea, desmantelando la masculinidad de cuento de hadas de la figura del revolucionario.

La fusión mítica de arte y vida surge de un narcisismo criptoaristocrático fijado en su propio reflejo. Ben se apartó de ese programa de vanguardia y lo trascendió. De ese panteón del 68 que se nos escapa entre los dedos, es quizás el único que no era filósofo ni escritor. Los santos que nos quedan son aquellos que, ante la devastación psíquica, corporal y existencial de las subjetividades modernas, lograron mantener una integridad sensible. Esta integridad no es piadosa ni neurótica; al contrario, es excesiva, violenta y algo monástica. Lleva consigo una gracia ctónica, terrosa, polvorienta y distante. Ben vivió de tal manera que, incluso mientras todo arde a nuestro alrededor, sigue siendo posible imaginar una vida buena dentro de esa conflagración.

Por conatuseditorial

Iniciativa editorial de un grupo de traductoras comunistas